¿Fraternidad?, no mola tío, suena a mariconada de curas o a comedura de tarro de la época de los abuelitos.
Desde la Revolución Francesa, el término ha ido yendo a menos hasta caer en el olvido.
Es cierto que desde entonces han surgido otros conceptos homólogos mucho más en boga como por ejemplo solidaridad, colaboración, trabajo en equipo, etc., aunque ninguno de ellos suple toda la carga emocional que aquel conlleva.
Fraternidad. Nada menos.
Sentirnos de alguna manera como hermanos o por lo menos tener una referencia a ese sentimiento de hermandad como un ideal. ¿ En qué momento perdimos esa referencia?.
Con el auge de las democracias en Europa, ganamos muchísimo en cuanto a libertad, igualdad, justicia, eficacia, pero en el sistema de partidos lo prioritario es vencer al rival, no hacer “peña” con él.
En nuestros líderes buscamos polemistas capaces de enfrentarse al enemigo electoral, o territorial o simplemente visceral, ese que nos produce un rechazo sordo de carácter vitalicio, cuyo origen somos incapaces de argumentar con un mínimo de coherencia, como el rechazo que a algunos les produce la afición y jugadores de un equipo rival.
Que busquemos y votemos representantes capaces de solventar duros enfrentamientos con los oponentes no es bueno ni malo, es un hecho y aquel candidato que no lo entienda así, como al camarón que se duerme, se lo termina llevando la corriente. Forma parte de su cometido.
¿Qué espacio vital le queda entonces a la fraternidad en un medio tan hostil?. Puede que no lo tengamos muy lejos. Puede que esté más cerca que los partidos políticos o las ideologías. Puede que esté justo al otro lado de nuestra puerta, en ese espacio que compartimos con nuestros vecinos. Puede que el Barrio, sucesor de la Aldea de la que muchos procedemos, sea el caldo de cultivo ideal en donde se puede ejercer de Vecino, con mayúscula, un grado muy por encima de los vaivenes políticos, deportivos o culturales.
Algo de lo que podemos estar orgullosos y algo que suponga un tesoro común, una categoría en la que caben altos y bajos, verdes y amarillos, hombres y mujeres compartiendo momentos buenos y menos buenos durante muchos años.
Recientemente el programa de TV “Callejeros” nos mostraba el barrio sevillano de Triana, un barrio con numerosos problemas pero con sentimiento y orgullo de tal.
Uno de los entrevistados, de cierta edad, explicaba cómo se le relajaba el paso y la respiración, al tiempo que se le dibujaba la sonrisa en el rostro, cada vez que cruzaba el puente de Isabel II para entrar en Triana.
Yo no soy de Triana pero soy de Los Rosales.
Casi nada.
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¡Enhorabuena!, es magnífico.
Un saludo.
Como siempre, muy bueno, peter pan.
Aquí no tendremos a la Trianera pero barrio, barrio …musho barrio.
Orgullo de barrio, orgullo de colaborador, orgullo de post. Plas, plas, plas.
Despues de leer tus artículos, yo no me atrevo a escribir mas.
Enhorabuena.