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Cambiábamos de zona de vez en cuando. Así, lo mismo jugábamos en las zonas ya narradas, como en la Plaza de María Pita, como en el principio de Fernández Latorre y en las escaleras y barrio de Santa Lucía. A través del Parque de Santa Margarita accedíamos también a la calle de la Falperra, en el nuevo bario de la Pescadería, o a la calla de Vizcaya y Sexta del Ensanche, con la fábrica de Senra, que prácticamente quedaba en el medio de las dos estaciones de Ferrocarril. O en la zona del Matadero y Adelaida Muro, o en los Campos Volante y de la Luna o en la explanada de la Traída.

El que “acampáramos” en lugares distintos, tenían una causa determinada, por cuestiones deportivas mayormente. Lo de la Sexta del Ensanche era por que en casa del profesor que se llamaba Alejandro, era algo gordo, calvo y un nutrido bigote negro, recibíamos clases de música de cuerda. Unos habían elegido la guitarra, otros las bandurrias, otros los laúdes y yo, por ejemplo la mandolina. Con la púa solía “trinar” muy bien, pero no se me daba muy bien poner los dedos y marcar las notas en el “traste”. El objeto de estas clases era formar una rondalla. Alejandro lo logró, pero yo ni logré saber tocar el instrumento que había elegido, ni, por tanto, formar parte del grupo musical.

He dicho por cuestiones deportivas y, mayormente, el deporte que practicábamos era el fútbol. Jugábamos partidos en la calle, ante el Instituto Femenino “Eusebio da Guarda” y la Fábrica de Armas, en la plaza de Pontevedra. Podíamos hacerlo tranquilamente. La circulación de coches era escasa, por no decir nula. Teníamos otro campo en la explanada de delante del Estadio Municipal de Riazor. Otro en los “Puentes”, donde había un acueducto, que conducía agua fresca y potable desde el Agra del Orzán a la Cuesta de Santa Margarita, así la llamábamos nosotros, aunque su nombre era el de Avenida de Finisterre. Era la carretera que llevaba hasta el famoso faro de la Fisterra, a 100 Km. de La Coruña. Es imposible olvidarse de aquellos coches de línea, aquellos autobuses Saurier, de la empresa Arturo Míguez, que llevaban la baca llena de artículos, para vender en las ferias a las que acudía. El trabajo que le costaba subir hasta donde es Finisterre. Después el camino, más llano, no ofrecía dificultades. Esta carretera pasaba por Arteixo, Carballo, Vimianzo y otros muchos lugares. Más modernos y potentes eran los autocares de la Empresa Finisterre, de los Hermanos González – uno de ellos fue presidente varios años del R.C. Deportivo de La Coruña, el hoy popular “Depor”—. Pero poco después llegaron los trolebuses Coruña-Carballo, que fue una gran novedad por el largo recorrido que realizaban y el gran tenido de catenaria que tenía. Los “Míguez” salían del Bar Benito y los Finisterre del principio del “Camino nuevo”, que así le llamaban a la cale de Juan Flórez.

Antes de proseguir con los campos de fútbol, y ya que me he referido a los Hermanos González, también estaba, cerca de la plaza de Lugo, de la de Orense y de la de Galicia, que eran vértices de un pequeño triángulo, que enmarcaban solo una manzana de casas que tenía enfrente el Palacio de Justicia, a la derecha la iglesia de Santa Lucía, a la izquierda el edificio del tío Pancho, donde se ubicaba Radio Coruña, EAJ41, en cuyo bajo estaba la oficia comercial de RENFE y por detrás el mercado de abastos de la plaza de Lugo. La empresa de autobuses, a Orense, de los Hermanos Pereira, que eran hijos do Nonito (así se llamó también su nieto, profesional de la música, en su establecimiento o como comentarista musical en radio y televisión),

Quiero puntualizar una cosa, coincidencia tal vez, y lo hago porque lo he recordado al hablar de los hermanos González y Pereira. Es la de la unión que había entre hermanos en aquel tiempo. Me refiero a los hermanos Castillo, mi padre y mis tíos Fernando y Emilio; a los Uña, Luis, Juan, Rafael y Emilio; los Carreras, Enrique y Eugenio ambos estudiaron Náutica y tras ser pilotos, terminaron de capitanes- Eso me hubiera gustado estudiar a mí y navegar como ellos por todo el mundo.  Hermanos eran los Sanz, Mendo y Manolo; los Pedreira, Antonio, Manolo y Julio; Cheíño y Tomás, los de plaza de Toros, cuyo apellido no puedo recordar. Éramos pocos los solitarios que no teníamos hermanos, quiero decir varones. Toñico Jarque, Cartófel, y yo mismo, entre otros. Generalmente iban juntos, los hermanos, a todas partes y todos ellos, coincidíamos, la mayoría, en la playa de Riazor.

UN DEPORTE DE GRAN RIESGO.

Por cierto, celebrábamos que la mar estuviese agitada, mareas vivas y marejada, teníamos un entretenimiento muy peligroso. Todos éramos excelentes nadadores. Tanto es así que, por ejemplo y sin ser socorrista Eugenio Carreras, -al que llegaron a hacer entrevistas para los periódicos, salvó, no sé exactamente a cuantas, pero a numerosas personas, en la ensenada del Orzán. Nuestro juego consistía en bañarnos en el rompeolas. Subíamos con la ola, antes de que chocase y se levantase en él, dábamos media vuelta, clavando los pies en el suelo, lleno de piedras de canto rodado, y buen tamaño — les llamábamos “peixes pedra” (peces piedra)–. Cuando la ola regresaba, bajábamos con ella. Lo de las piedras era curioso, porque cuando no había mar fuerte, aquello tenía fondo de arena. Había veces que te llevabas un buen susto. Era cuando la ola, que venía y la que bajaba, coincidían y tu estabas allí, empezabas a bajar y subir, como dando botes, hundirte y salir a flote, hasta que la conjunción de ambos golpes de mar cesaba. Esperábamos, como supongo hacen ahora los surfistas a las “tres marías”, olas más grandes, que se forman espaciadamente y que siempre vienen de son tres. Son, más grandes que las ordinarias.
La gente se sorprendía y hacía cruces. Los guardias municipales se acercaban para gritarnos que saliésemos de allí. Alguno de nosotros le contestábamos: “Baja por nosotros”. Pensando, hoy, estas cosas, no tengo más que decir que éramos una pandilla de chalados aunque no teníamos conciencia del grave riesgo al que nos sometíamos por voluntad propia, pero de manera peligrosísima. Cosas de juventud- Diré que Eugenio Carreras, Emilio Uña y yo, éramos los pequeños de la pandilla.

Pero he derivado, y bien, a otras cosas, cuando les estaba hablando de los “campos de fútbol”. Hacíamos oro en torno a la plaza e Toros, otro en la falda del parque de Santa Margarita entre la calle de la Unión y el grupo de chalets sindicales Juan Canalejo. Por cierto, déjeme hacer otro inciso. Ver a los caballos de la fábrica de gaseosas y sifones y otros refrescos, subir aquella pendiente, aquella gran cuesta, más por el desnivel, que por su distancia, y como el carrero bajaba del pescante y a pié, tirando de las riendas, la arreaba con la voz y obligaba a subir, a veces a zurriagazos, son cosas que no pueden olvidarse y son dignas de recordar  (les pido perdón, una vez más, porque en ocasiones, mi narración pierda ilación, pero como se trata de mis recuerdos, sepan que unas cosas se van encadenando con otras y ante el riesgo de que si las postergo, pueda olvidarme de ellas y ustedes de poder leerlas, aunque tengo conciencia de que pueda romperles la cabeza para seguirme,  pero me disculpan, ¿verdad?)

Y como no soy capaz de continuar con la narración de donde jugábamos al fútbol – eran tantos sitios–. Les diré que allí donde hubiese una explanada, más grande o más pequeña, allí organizábamos un partido que generalmente eran entre barrios. Los campos de La Estrada (donde hoy está ka Sociedad Hípica entre los cuarteles de Farmacia y Transmisiones del Ejército; el Campo de la Leña, así le llamábamos a la plaza de España, y donde después, casi en el medio y medio de ella, se construyó ese gran bloque de viviendas, al que jocosamente llamábamos Hollywood, por ser la casa de las estrellas (los oficiales de las armas y cuerpos militares, que según su graduación las llevan en las hombreras y bocamangas), el campo de Artillería…

Y no quiero dejar de mencionar que, a veces cuatro contra cuatro o tres contra tres, jugábamos una especie de lo que hoy se llama bulbito, pero variación, lo hacíamos sin portero y con una portería chiquitita, en un lugar tan peligroso, rodeado de rocas y mar, como era la Rotonda de Riazor o dentro del solar de la casa de baños de la familia Dorrego, donde entrábamos en calor para tirarnos al mar, lo que hacíamos durante todo el año, más o menos a la hora de comer. Incluso, recuerdo, dos días de nevada. Al pasar el tranvía, el número 3, por la playa de Riazor la gente que solía ir en las plataformas y portezuelas, nos llamaban de todo.

Un relato de Xelo Castillo, periodista jubilado coruñés.

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12 Respuestas a “Oteando el pasado desde la Torre de Hércules, por Xelo Castillo”
  1. Esta usted,más que disculpado,y siga con sus relatos que son entrañables.graias por compartir sus recuerdos.un saludo

  2.   206 enfrentedePeteiro dice:

    Gracias por compartir éstas historias del pasado Xelo Castillo ;-)

  3. Anónimo dice:

    “el edificio del tío Pancho, donde se ubicaba Radio Coruña, EAJ41″
    sigue estando la emisora en ese ediicio
    ¿entiendo que Dª Rafaela era tu tia?

  4. Vázquez dice:

    Pues anda que no jugabas en sitios distintos.
    Mi zona era la Ciudad Vieja cuando en Los Tomasinos había un colegio.
    Andabamos a pedradas con los de Orillamar.
    Me acuerdo de las fiestas del Rosario organizadas por “Julio Porrón”
    Paseabamos y ligábamos por El Relleno.
    Estudiaba al aire libre en El Campo de La Leña.
    Ustedes perdonen, pero es que me han venido recuerdos con la lectura de los de Xelo. ¡Ya me calllo!

  5. Xelo Castillo dice:

    A ANONIMO. Lo siento tuve muchas tías, carnales, abuelas y políticas, pero ninguna de ellas se llamaba Rafaela. Celebro que haya reactivado tus recuerdos y te agradezco tus cariñosas palabras

  6. Excelentes relatos Xelo !!!!! , como ves nos traen muchos recuerdos a todos.
    Continua, por favor.

  7. Xelo Castillo dice:

    Ya lo dije y lo repito Todos tenéis que agradecer a PETER PAN por su inicitiva.El me animó a narraros estos recuerdos. También a XOTEÑO, por su inestimable apoyo, y al BLOGGER por su benevolencia al acoger y publicar estos relatos
    A ANONIMO tengo que decirle que para mí, la emisora que ahora es de la Cadena SER se había mudado a la Plaza de Orense, plaza que yo conocía por la del platillo volante, que había en su centro y donde había minitiendas entre ellas un quiosco de periódicos.
    A VAZQUEZ, aunque le parezca raro le diré que nunca me/nos peleamos a cantazos. Si sucedió alguna vez que por creer que les robábamos sus rapazas nos despedían a pedradas. Lógicamente no nos quedaba más remedio que correr Y perdón por anticipado. Lo echará en falta, al narrar Cenrros de Enseñanza en otro capítulo que ya tengo escrito. Me olvidé de los Tomasinos. Y puede que de alguno más pero no tengo, y esto no es presunción, ni mucho menos, memoria de elefante.
    A TODOS. Gracías por vuestro aliento. Me queda por contarles algunas cosillas, cines, películas, enseñanza, juegos infantiles, de calle o de casa, tebeos, cromos, y que les conste, todo lo que recuerde de aquellas fechas.

  8. Anónimo dice:

    Tiene Razon, Radio Coruña esta en la plaza de Orense y del platillo, yo me acuerdo de un puesto de venta de bocadillos de calamares.
    Por despiste mio, le ponia que Dª Rafaela seria su tia, pues me equivoque, seria su prima.

  9. Xelo Castillo dice:

    A ANONIMO.Tampoco. Te diré que ese nombre nunca lo tuvo persona alguna de mi familia. Y mira que es numerosa.. ¡¡Campeones, campeones, oé, oé.oé!! Nosotros la copa, ellos la vergúenza de ser los más sucios del mundo. Dicen en Andaluicía: ¡Vaya jartá de coses que nos dieron!

  10. Xelo Castillo dice:

    A nuestra bandera antes la denostaban y hasta llamaban facha a quien la portaba Hoy hay millones de fachas en España, si lo primero fuese cierto. “U sease” Ni roja, ni azul, que fue quien ganó la Copa del Mundo. La rpjigualda vale. Vino de Rioja y vinillo de Jeréz . . .

  11. Anónimo dice:

    Alejandro el que daba la clase también enseñaba a tocar la armonica? Creo que por su físico era cariñosamente llamado Alejandro y su barriga.

  12. Xelo Castillo dice:

    No sé si sois varios ANONIMOs o si se trata de uno solo. No recuerdo que Alejandro enseñase a tocar la armónica. Lo que si se es que estaba en la esquina de la Sexta del Ensanche con la calle Vizcaya y, creo que en el segundo piso.

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